Un trío de Poemas que nacieron siendo Versos y se volvieron una Prosa poseída.
Aquella tarde luego de haber sentido tu latido me vi frente a un cristal en una tienda de bisutería, allí entre las cintas aparecieron tres cartas, no sé si de Marsella, Florencia, Berlín, o de Atenas, pero sus textos en francés, en italiano y en alemán me decían lo mucho que sabes de eso que llaman amar. Me asusté. También estaban en griego y no entendía de grafos helénicos. Menos aún podía creer que una vieja tradición gitana, con mezcla árabe y persa, rumana y romana, pudiera predecir todo lo que, detrás del cristal colorido de mis sueños para siempre emergería. Del susto, o quizás de la impresión, combinación culinaria de artes escénicas, me sentí sujeto frente a ti, al lado de tu piel, con un corazón que latía a cien por vez. Me decías, en muchas lenguas al mismo tiempo, cómo habías aprendido a amar para que en todas las vidas te pudiera recordar, no sólo como suspiro, sino cómo sentir un beso en un solo latido.
Volvieron los recuerdos incrustados en las tardes, en esas horas de la vida que te hacen implacable, cuando la piel se apodera de una caricia y de solitario desespero los latidos en cada célula de amor brotan, agregando un hondo suspiro. Eres tú una mezcla en mi vida de temor y de angustia, de amor y de alegría, pues mis palmas se disuelven ansiosamente hambrientas de poseerte, no una, sino miles de veces sujeta en tus brazos por la parte de atrás. Se hacen ardientes las palabras que emergen desde los rincones internos de mi instinto por lo que los grafitos no alcanzarán para escribirte trágica y alegre, divina, pero impaciente. Me alejo en un vuelo vertical sobre un Ícaro envolvente y en su despegue iré separando tu cuerpo, estremecido por la suavidad de un abrazo, donde dos besos se vuelven un sólido y un único latido.
Vivía en un lugar muy lejano –a ver si puedes adivinar- donde la soledad se respira entre las montañas y los pinos con los abedules no dejan de sonar, y donde el frío entra por las entrañas para no salir jamás. Dije que vivía, pero nunca he ido, al menos en esta vida todavía. Estando allá sentí que te conocía, vi entre las capas heladas de mí una luz encendedora de brasas y enceguecedora de destellos, toda esta humanidad que suave te puede abrazar. Pareciera que siempre hablo de soledades, y en efecto es así, pues repito constantemente lo amargo que resulta estar tan lejos y a la vez estar tan íntimamente ligado a ti. La intimidad, reveladas por aquellas cartas, no es algo de lo que se me esté permitido hablar aquí, ni mucho contarlo a alguien más… mi encuentro contigo es un encuentro con lo lejos, lo frío y lo sugerente, es un húmedo ir y venir en un invierno en la ciudad más al norte del mundo, que si la miras bien, podría ser la más al sur del mundo. Sin embargo, pese a toda la confusión de andar en lugares tan remotos entre cartas y cintas, repleto de frío y de lenguas confusas, me sorprendí por aquella luz encontrar. Se trata de un verso que escribiste y recitaste una y otra vez, me dio una alegría tremenda, pero corta, pues tu cabellera de princesa no abunda por estos lados donde pululan las tristezas y donde aprendí que dos besos tuyos, si son tres, se fundían en tristezas para siempre dentro de mis entrañas en un mismo y en un único latido.